Inicio de sesión

Recursos renovables y salud mental

 

En el contexto de la residencia de psiquiatría infanto juvenil, realicé una rotación por los servicios de salud del norte de Neuquén. Allí tuve la ocasión de encontrarme con dispositivos extramurales de atención que eran mi objetivo de esta incursión patagónica. Sin embargo tuve la ocasión de presenciar otras actividades extramurales no pautadas desde el área de salud que han terminado sorprendiéndome desde su arista del impacto social. Se trata de la participación comunitaria en dispositivos cuyo eje principal es el rescate histórico local.

La idea de este trabajo es entonces acercarse al punto de contacto entre la clínica y la historia, allí donde no se trata sólo del pasado sino de una cuestión de cohesión y de identidad. Por otro lado las acciones en salud no se agotan en el abordaje de los cuerpos, sino que su alcance puede resultar mayor –aun pasando desapercibido para los mismos actores- justamente cuando consigue modificar o recuperar algo de la memoria colectiva. Para empezar a diagramar acciones con estos alcances, ¿cómo podemos identificar la dimensión social de la salud y viceversa? ¿Se trata de una intersección obvia, inherente al discurso de la salud como proceso biopsicosocial? ¿Cuál es el papel de la salud mental como articuladora posible de estos escenarios complementarios?

La ciudad de Chos Malal, al norte de Neuquén, está ubicada en la confluencia del Curileuvú y el río Neuquén. Para llegar, se debe atravesar alguno de los dos puentes que los cruzan, sin los cuales la ciudad quedaría aislada. Durante el 2007 se abrió un espacio “para escribir la historia de Chos Malal”, que es el lema de “Entre puentes”, una revista bimestral de la zona. A su vez han reeditado el periódico La Estrella de Chos Malal, el primer diario de la Patagonia, que salió a la calle por primera vez en 1889. La idea de generar redes locales o “puentes” surge a partir de la gestión del intendente, Carlos Lator, que es historiador y formó a su vez un grupo de estudios históricos en la zona.

El día 8 de marzo se conmemoró el día de la mujer en una escuela del Barrio Uriburu, la zona más pobre de la ciudad, con una serie de talleres abiertos a la comunidad. Uno de ellos, a cargo de Cecilia Arias –del grupo de estudios recién mencionado- versaba sobre “historia de las mujeres en Chos Malal”. Participé entonces de un taller de historia oral en el cual la coordinadora evocaba datos del pasado que fueron identificados de inmediato por algunas de las participantes. Mujeres que habían vivido, de más o menos cerca, la época del relato de Cecilia Arias comenzaron a contribuir aportando datos y contribuyendo a la edificación de sus recuerdos a partir de detalles, como ser: nombres de algunas plantas de la zona, costumbres de diferentes maneras de lavar, productos usados por sus padres, todo mientras convidaban tortas fritas para los participantes. El clima generado fue de un notable interés en la recuperación de la memoria, llevando a organizar encuentros en otros barrios.

Las tradiciones que se van perdiendo habían generado en las más jóvenes algún tipo de reacción, cuando menos momentánea, sobre la necesidad de seguir con actividades de esta índole.  

Al salir de esa experiencia tuve la sensación de que había algún puente entre la historia social y la “historia clínica” a nivel del grupo. ¿Se puede decir que la identidad debilitada o “en riesgo” necesitaría un abordaje de salud? Con esta pregunta en la mente encaré algunas reuniones con Cecilia Arias acerca de un evento que tendría lugar al poco tiempo, en un pueblo fantasma de Neuquén.

La aparición de un libro llamado “San Eduardo, volver en la memoria” (de Arias y Lator) recuperó documentos y testimonios de habitantes de un pueblo minero de la zona que dejó de existir luego de la explosión de la mina, el 29 de marzo de 1951. Con la difusión de este libro se produjo un fenómeno bastante curioso: en un programa radial de la ciudad de Neuquén capital, mientras se hablaba del libro, los viejos habitantes de San Eduardo comenzaron a llamar por teléfono a la radio. Así nació la idea de los sobrevivientes, medio siglo después, de volver al lugar donde ahora sólo queda un pueblo fantasma.

Esta excursión, planeada para acampar de noche el día del aniversario de la explosión, presentaba ciertas dificultades. Para empezar, la inaccesibilidad del lugar, de una aridez desértica, de caminos descuidados, uno de los cuales requiere de atravesar un río con una balsa, que no siempre opera. La segunda dificultad planteada fue lo inédito de la experiencia, ya que nunca había vuelto nadie al lugar donde las personas habían vivido unos días excepcionales, en un oasis donde pocas cosas hacían falta. Eduardo había llegado a abastecerse de agua y energía eléctrica en una época en que no todos los pueblos podían acceder. Todos los habitantes que tuvieron que migrar forzosamente luego del abandono de la ciudad más importante de la zona, tuvieron que vivir en lugares de menor calidad de vida, padeciendo necesidades que antes no habían conocido. La mayoría de los hoy octogenarios aparecían muy convencidos de querer pasar una noche ahí, por más que el frío de fines de marzo amenazaba el plan –una amenaza que se hacía patente para los organizadores antes que para los protagonistas de esta historia.

Con estas dificultades en la mira, participé de un reconocimiento previo del terreno. Los autores del libro habían realizado la travesía hasta el lugar para dibujar los mapas donde hoy sólo quedan cimientos de edificios, hacía algunos años. Ahora Cecilia Arias volvía para ver cómo se encontraba el camino, por donde debía transitar el ómnibus contratado, y tuve la suerte de acompañarla en el trayecto. Conocí el paraje abandonado que se reconstruía de inmediato con los relatos de Cecilia y de Verdinelli, el conductor que también conocía la zona.

La salud y la autogestión

Una vez solucionada la cuestión de la accesibilidad al lugar, se planteó la necesidad de un médico por las dudas que la emoción fuese demasiado grande para alguno de los ex habitantes. Me ofrecieron acompañarlos la noche planeada, pero era el día que debía volver a Buenos Aires. Tuve que rechazar la invitación, no sin cierta frustración de perderme un evento de esa singularidad, en la que viajarían antiguos habitantes e incluso familiares de los desaparecidos de San Eduardo. De las 10 víctimas que se cobró el estallido, 6 cadáveres nunca fueron encontrados. La mina es referida por los diarios como una “tumba a cielo abierto”. Recuerdan que el carbón de la mina se estaba acabando en el momento de la tragedia.
He aquí las tres principales hipótesis que rodean el hecho: o se explotó la mina intencionalmente para cerrar el campamento minero; o se debió a una audacia de los mineros que colocaron más explosivos que lo debido ante los rumores del cierre. Una última versión corre por cuenta de la mitología del lugar: en las minas no pueden entrar las mujeres y nadie que tenga polleras. El domingo de Ramos anterior a la explosión había dado misa en la mina un cura salesiano, a lo que lugareños atribuyen el infortunio de la explosión.

En el artículo publicado al día siguiente del Río Negro aparece una reflexión que nos llega para condensar las opiniones y las emociones de lo que sucedió, aun sin haber estado en el lugar: “Hacia el 60, el carbón que se obtenía de San Eduardo valía poco y el gobierno había apostado a Río Turbio. Así pues, la metáfora de San Eduardo puede servir para los pueblos que apuestan su sustento sólo en los recursos no renovables”.

Esta apreciación se vuelve indispensable, en una geografía donde los recursos no renovables son una fuente económica primordial, con su consiguiente organización política en torno a un clientelismo. Últimamente los recursos humanos profesionales de la provincia están dejando las esferas públicas para hacer su pasaje al ámbito privado. Y específicamente en salud mental, el recurso humano público está atravesando un deterioro importante. Existe principalmente una migración de profesionales de lo estatal a lo privado. Por otro lado, en esos días la psiquiatría estaba en ese momento al borde de ser declarada “especialidad crítica”, por la falta de cobertura de los cargos, por renuncias, licencias por estrés laboral. Desgaste profesional y burn out son frases oídas para los representantes psicosociales que siguen trabajando en el ámbito público. En casi toda la extensión del norte neuquino donde realicé mi rotación, el recurso humano proviene de otros lugares. La formación en psiquiatría en la provincia, llevada adelante por el Hospital Castro Rendón de la capital provincial, forma profesionales que (como en otras especialidades) pocas veces van al interior de la provincia a ejercer. De esta manera, no se renueva el recurso en salud y el impacto pone en marcha dispositivos que apelan a la creatividad de forma constante. Lo social para la salud emerge entonces como una necesidad, como un último recurso pero renovable en esencia, que apela a la autogestión a nivel comunitario.

Volviendo al plano del evento en el pueblo fantasma, podríamos decir que el libro de unos historiadores había dado lugar a una experiencia autogestiva de adultos mayores con una envergadura importante, atrayendo personas de diferentes lugares de la provincia del Neuquén. Esta red generada a partir de una producción cultural como es un libro pudo llegar a cumplir el primer objetivo planteado de la reunión para pasar la noche en el lugar. El apoyo de las autoridades locales formó el marco que posibilitó este evento, que de todas maneras fue autogestionado. Actualmente hay otras actividades y reuniones planeadas para más adelante. En este punto de la organización y la gestión comunitaria es donde quizás pueda establecerse el puente de la salud con la esfera de lo social: un nexo entre el trabajo en una clínica más amplia, y una historia como disciplina practicada a favor de la salud pública. 

Para la víspera del recuerdo de la explosión, se había conseguido una ambulancia con un médico, quien finalmente no tuvo que intervenir en ningún momento. Lejos de “descompensarse”, según los recortes de diarios locales, los mineros gozaban de radiante salud. 


Referencias bibliográficas

*Arias, Cecilia; Lator, Carlos (1995): San Eduardo, Volver en la Memoria, Neuquén.
* Río Negro: Emoción y festejos en las calles de un pueblo fantasma, 30 de marzo de 2007 p 35
* Río Negro: Medio siglo más tarde, volverán al lugar donde estuvo San Eduardo, 27 de marzo de 2007 p 35
*La Mañana Neuquén: Homenaje a mineros de San Eduardo  30 de marzo de 2007 p11
*Entre Puentes. Número 1, año 2007, publicación comunal de Chos Malal

Trabajo presentado en el Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos de 2007 por el Dr. Beines